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La gran poesía latinoamericana, con su capa de sueños, su inmortalidady su metaliteratura, necesita a Damaris Calderón. Su voz sin artificios,con imágenes poderosas y un ritmo meditativo, hondamenteanclado en lo existencial, no teme volver a abrir las viejas heridas de laidentidad y de la memoria con su honestidad implacable.Desde aquel Perú histórico y jodido, los ecos silentes de esa Rusia másde una vez hambrienta, hasta «la Franja de Gaza y los muros de la patriamía», la autora recorre mapas de dolor y resistencia con una miradadesprovista de concesiones. Cuestiona las autocracias, las mañas del poder,aquella dictadura donde «te sacan en la noche, a medio vestir», perotambién escarba en las ruinas de sus pequeñas revelaciones cotidianas. Lacasa, la patria, la vida misma son entidades transitorias, mientras el amory la memoria, como ella sostiene, son eternos. «Ahora que tú y yo somosdos países/ dos viejas tierras que se extrañan/ desciendo al pudridero,/mitad Perséfone, mitad Koré».Que los hombres entierren a sus casas es un mundo poético de rara intensidad,que desafía las narrativas impuestas por la trama de la historiay el desarraigo: «Lo peor fue cuando pusieron/ a los muertos a hablarpor nuestra boca», dice. La verdadera poesía es insumisa ante lo oscuroy su estirpe luminosa no se mezcla con la voz de los depredadores. Estelibro es un diálogo interminable con lo ausente; tal vez, un camino paraquienes se atrevan a retomar la esencia de aquello que deseamos y queaún podríamos ser.Daniel Calabrese