Todavía mantengo en presente, aquel día en que mi amigo George entró a mi oficina y me pidió una historia para cine. Yo era un incipiente escritor que todavía remblaba frente a la hoja en blanco, pero casi instintivamente le fui contando una historia que sola iba brotando de mi imaginación. Largas tardes de café le iban dando vida a esa y otras historias que se nos iban ocurriendo, y que, posteriormente yo les daba forma en el papel. Así nacieron estas cuatro historias para cine. La muerte de unos cercanos a George lo desmotivaron de tal forma que él mismo se dio de baja de este mundo. Me quedo con el recuerdo de esas charlas de café con escondido ron, pláticas llenas de ficticios mundos de cielos verdes, tigres azules y siempre, de hermosas mujeres.