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Emmanuel Mounier (1905-1950) murió apenas sin haber terminado de vivir, honorando el dictum de los clásicos para quienes Dios se lleva muy pronto a los elegidos. Mounier es ante todo un gran escritor. Madame Daniélou, hermana del cardenal católico, le dice: Monsieur Mounier, es admirable. Es usted un gran escritor. Usted entrará en la Academia francesa . En una sola página de los Diarios de un detenido hay más de treinta vocablos inusuales, minuciosas descripciones de objetos domésticos, multitud de giros del habla, términos cultos y técnicos, vaivenes irónicos de gran precisión descriptiva. Mounier es un hombre-orquesta de la palabra y un hombre de arriba abajo, hecho de abajo arriba. Resulta difícil determinar qué admirar más de sus textos de juventud, si la precocidad, la seriedad, o la gravedad reflexiva. Su obra no fue la de un burgués para señoritas burguesas que se acercaban a la vida entre algodones, lo suyo era sentimiento trágico de la vida, aunque esto apenas si se le notaba, porque vivía con inmensa alegría y una estela de santidad, si es que esta palabra puede decirse todavía hoy sin causar la irritación de nadie. La suya fue una bio-grafía luminosa y una escritura tocada por el ángel.