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Hay una forma de eternidad que hoy reconocemos con más claridad: la que se sostiene en la memoria de quienes amaron al que se fue, y que el poeta tiene la obligación de custodiar con sus versos. Jorge Manrique así lo hizo en sus Coplas a la muerte de su padre y ahora Elena Moratalla, en su Macollas. Latidos de patio, escribe unas coplas a la vida de sus padres, que es el mismo gesto visto desde el otro lado: no el hijo que llora la muerte, sino la hija que afirma la vida, que rescata no el momento de la pérdida, sino todo lo que la precedió y todo lo que sobrevive a ella, porque hay en su poesía de duelo una estructura semejante a la de Manrique, aunque escrita en la lengua de nuestro tiempo: la pérdida no vacía, sino que transforma; la ausencia no borra, sino que deposita algo más permanente que la presencia física. ...el resto de su amor camina con mis pasos, se ha quedado a vivir en mis rutinas y por mi mano evoca sus vivencias. Ese resto del amor, como escribe en uno de los momentos más luminosos del libro, no se va con el cuerpo, sino que emigra a los gestos de quienes quedaron y sigue viviendo en ellos sin pedirles permiso. Pedro José Morillas Rosa