Si se desea estar mejor se deben de hacer las cosas bien. Para hacer las cosas bien primero se tiene que estar bien. Para estar bien se debe de tener todo lo que te construye en un aceptado orden y equilibrio. Para lograr este estado debe de haber cierto control sobre cada uno de tus aspectos, para lo cual se necesita conocerse. Para conocerse se necesita soltar cada prejuicio, creencia e idea acumulada, para en el desprendimiento poder reconocerse en la nada. Al reconocerse en la nada, con la mente navegando en aguas calmas, se retoman las cosas del mundo, se reconstruye desde nada el castillo de las ideas e interpretaciones, conociendo así cada uno de los ladrillos que lo conforman. Para adquirir el valor de soltarlo todo, para después retomarlo y reconstruirlo con elocuencia, se necesita mucho valor, el cual solo se conseguirá si existe algo firme que lo sustente, algo mas firme que cualquier deseo o sueño. Para que florezca el cimiento que sustente esta osadía se requiere de experiencias, de pasajes que en un día común jamás imaginarías encontrar, para con el solvento de esto, recordar o crear la nueva luz del día. Para poder llegar al punto preciso de anhelar vivir estas nuevas experiencias de una manera consciente y sosegada se necesita abrir los ojos o simplemente aceptar que se tienen abiertos, aceptar que estas aburrido, que estas cansado, aceptar que siempre hay algo más, mucho más, aceptar seguramente gran parte de lo que eres y crees está mal, aceptar que es mejor vivir a que me lo cuenten y discreparlo bajo las absurdas alas de la limitante y predecible postura de una vida en la cual no existe un solo rincón que no pueda ser escrutado por las manos vacunas. Aceptación que para llegar a ella se necesita humildad, la cual nacerá en ti en el momento que reconozcas que solo eres una pequeña pero fundamental pieza que ayuda a conformar todo lo demás; demás que sin ello no serías nada. Nacerás el día que reconozcas en ti la unidad.